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Ejercicio de hermenéutica textual

INTRODUCCIÓN A LA BARBARIE

 SEmillero MEtafísica y ONtología: SEMEyON

A los 31 años de edad, en 1953, Rodolfo Kusch publica su primera obra: La seducción de la barbarie. Inicia la «Introducción» evocando la experiencia porteña de estar acodado en la mesa de un café junto a la ventana. Allí se puede vivenciar una extraña sensación entre quien está de este lado del ventanal y quien se aleja por la calle, en una experiencia de ciudad que hace patente una desazón primaria, «y en ésta, una auténtica aunque negativa integridad» (Kusch, 2000: 17). Por sobre las ocupaciones deviene la certeza de que en ese momento, «aquí y ahora», lo que vale es precisamente esa vivencia singular en la que se entrecruzan café, ventanal, transeúnte, y nosotros. Y entonces aumenta la zozobra, se agiganta la experiencia abisal:

Todo queda en un reino de intereses inteligentemente estructurados, que se deslizan por la periferia de lo que cotidianamente nos interesa porque falta el nexo vital con la comunidad, la pequeña forma para nuestros intereses inmediatos, la expresión de nuestra verdad cotidiana y su traducción a un espíritu. Falta la conexión de nuestra vida menuda con la idea, con la inteligencia ciudadanas (Kusch, 2000: 18).

Y así, Kusch se pregunta de dónde proviene esta situación, si será que olvidamos algo tan evidente como que siempre vivimos en un aquí y un ahora cuyo análisis no nos lo permite la ciudad, o si no será que no tenemos cómo asumirlo… Al fin y al cabo, una cosa es el transeúnte que podría encarnar otra vivencia igual a la mía, y otra cosa es el transeúnte como otro más, una cifra más en la ciudad, con quien finalmente no me relaciono, pero que hace agrandar más el abismo mientras se está en el café junto a la ventana. La lógica de la ciudad rompe la vivencia personal y existencial del ser humano, la racionalidad propia de la ciudad nos perturba incesantemente. Sin embargo, «la borrachera furtiva de un empleado de banco, el grito destemplado de una patota nocturna o un tango, expresan todo aquello que había quedado atrás» (Kusch, 2000: 19), el reverso de la urdimbre ciudadana, la verdad que no queremos aceptar. Porque, al parecer, son dos las verdades que se cruzan en nuestra existencia: «una ficticia, que percibimos, y otra real que apenas alcanzamos a vivir» (Kusch, 2000: 20). Y ésta es la causa de nuestros conflictos existenciales, de la bifurcación existencial que acontece en aquel momento en el que el transeúnte se nos transforma en mera cifra.

Tal vez heredamos culturalmente verdades consagradas falsamente que aunque las creamos no nos tocan existencialmente, mientras las verdades naturales del grupo social al que pertenecemos se desvanecen sin asidero alguno en las explicaciones racionales a las que le huímos; por eso nos falta la expresión simbólica que traduzca en términos racionales (en lenguaje espiritual, dice Kusch) la circunstancia de estar viviendo nuestras propias experiencias.

Nos encontramos, entonces, con una situación ambivalente, debido a que vivimos simultáneamente una verdad de fondo y una verdad de forma: emocionalmente vivenciamos una experiencia, pero racional o intelectualmente la explicamos de manera bastante diferente. Aunque «intentamos una solución por instinto por la que alternamos con una y otra» (Kusch, 2000: 21), en definitiva no optamos por alguna de las dos, sino que optamos por el mestizaje, según algún fin concreto de cada situación.

La solución no es fácil, se necesitaría hundirnos en el inconsciente social. «Hay un divorcio entre lo que queremos ser colectiva o individualmente y lo que en realidad somos» (Kusch, 2000: 21-22). Nuestra realidad evidencia el contrapeso entre la conciencia, la acción y la razón respecto del inconsciente, la inacción y la sinrazón. Somos un continente mestizo entre la verdad de fondo de nuestra más propia naturaleza y la verdad de nuestras ficciones culturales, citadinas, racionales.

La razón de ello yace en el paisaje. Él apaña la ambivalencia. Existe una como perpetuación del vegetal en la psicología social americana. Y esta perpetuación agranda lo americano en sentido telúrico, substrayéndolo, en cambio, a la idea, a ese afán de perfección universal que nos instila Europa (Kusch, 2000: 22).

El paisaje gravita al individuo, según Kusch, e impacta en su participación de la vida ciudadana, tornando su actividad ambivalente y mestiza, cruzada por estas dos realidades. «El sentido vegetal de la vida viene de la época precolombina» (Kusch, 2000: 22), y llega hasta nuestros días señalada como barbarie. Éste es, precisamente, el propósito de La seducción de la barbarie: penetrar en la realidad latinoamericana, rastrear ese demonismo bárbaro, y justificar así ese reverso de la mentira ciudadana con el que no nos hemos podido acostumbrar a vivir. Se apalabra, en esta obra, el entrecruce del sentimiento autóctono y hasta mestizo con la mentalidad racional y externa que a veces triunfa, por la esencia de su naturaleza. Sin embargo, Kusch se esforzará por dar cuenta del estado de nuestra intuición, aún a pesar de haber tenido que usar, por ejemplo, términos de esa anquilosada cultura ortodoxa y burocrática de nuestra universidad. A Rodolfo Kusch le interesa mostrar la profundidad del hombre [latino]americano desde su subjetividad existencial que linda con el caos. «Sólo así, lo americano podrá ser aprehendido en las raíces mismas de nuestra vida, que es la única creadora de cultura» (Kusch, 2000: 24).

La otra cara de América

En La seducción de la barbarie, en el primer apartado de la “Dialéctica del continente mestizo”, llamado Metafísica vegetal o el reverso de América, nos encontramos con cuatro apartados, el primero de ellos se titula Ser y no ser del paisaje, en él Rodolfo Kusch nos habla de, cómo el paisaje se agranda en el paso de la palabra a la realidad, en donde la objetividad, te todo aquello que hace parte del paisaje, es superado por el paisaje mismo, en dónde, como bien lo dice Kusch, “Detrás de su grafismo, iluminado por rasgos y colores, cierta hondura roza el extremo común a nuestra existencia y el mundo” (Kusch, 2000, 25); como si se tratara de una realidad que frente a las palabras, queda tan sólo como un balbuceo.

Como si la realidad del paisaje, no se quedara tan solo en lo que se puede ver en él, sino que está también en aquello que no es visible y también hace parte del paisaje; pues en sus formas visibles se esconde la posibilidad de toda forma, como si se tratase de algo mágico, por lo que la posibilidad del árbol se dan en el hecho de ser árbol, pero también pudo haber sido un pez o un alga, es decir, como si se tratara de un lugar en el que cada forma tiene inscrita en su existencia el resto de las forma y como si se tratara de un ruleta, es el asar el que determina la forma final.

El árbol, simple forma, es el ser: la marioneta fija que brota de la totalidad realiter.del paisaje. La definición escuálida, creada desde abajo, de la tierra hacia arriba, del demonismo a la fijación de su ser-en-el-paisaje. Su forma define sólo alguna de sus parcelas más diminutas, sin que su definición sea nunca exhaustiva; porque se árbol lleva como nimbo la magia demoniaca de poder haber sido un alga (Kusch, 2000, 25).

Siguiendo a Kusch, se puede decir que en este caso el árbol se dibuja, de cierta manera, en el mismo papel que el alga, por lo que el lápiz, en este caso, sería lo que Kusch llama la magia demoniaca, que contienen todas las posibilidades habidas, solo basta con iniciar a dibujar y el papel entonces sería el paisaje que subvierte el sentido de ser, oponiendo al ser el espejo de su mundo organizado, del sinsentido que lo destruye, por una imitatio dei que guarda en sí, las posibilidades de la existencia, emergiendo la definición de paisaje.

En el siguiente apartado llamado Demonismo vegetal Kusch nos empieza diciendo que el paisaje americano se enfrenta con una vitalidad primaria y exuberante, que no logra definirse, más que en la circunstancia del vegetal. Las formas se acentúan sobre un fondo móvil y vital, pues según Kusch la ausencia de norma en la estructura general del paisaje en conjunto con su desbordante exceso de detalle en lo particular, se suman en un conjunto de arbitrariedad controlada, en la que un árbol adquiere un sentido, en una totalidad que lo supera hasta anularlo. Según lo explica el autor, con el vegetal, el paisaje destruye al tiempo que participa del ser, dejando en el trasfondo la posibilidad de toda definición en grande.

Según explica Kusch, el vegetal es una manera desesperada de sujetar el devenir, el sentimiento de muerte que emerge en medio del festín por la conciencia de culpabilidad, intentando sobrevivir en la forma. “Es como el esbozo de un logos en el caos orgiástico de la selva y un lastre primario en la soledad de la pampa” (Kusch, 2000, 27). Sería además la traducción rustica del demonismo del espíritu, que en la gran selva se evidencia en la magnitud de los troncos, los torrentes, las lianas, que en la pampa toma la placidez de un campo insignificante, puesto que el espacio roba la vida y la forma.

La exuberancia del paisaje, deja suspendido en la totalidad del paisaje, una ilimitada probabilidad de sentido. Se mantiene en el momento en que pudiendo elegir entre el hombre o el vegetal, o más bien una definición rotunda o circunstancial, termina optando por este último; dejando a la definición rotunda, hombre, como una posibilidad. “Tanteando medios y fines, una astucia primigenia busca el camino más certero para lograr la definición exhaustiva de todas sus fuerzas y la encuentra temporariamente en el vegetal y, sólo en segundo término, en el hombre” (Kusch, 2000, 27).

El espacio que existe entre el paisaje y el hombre es enorme, pues el predomino de la vegetalidad en las selvas, los ríos torrentosos o la pampa, muestra un paisaje en el que el hombre no existe, aunque éste participe y sea entendido como totalidad. Entonces el demonismo del paisaje que se inscribe en la negrura del humus, al contrario de contribuís al hombre, se pierde en la creación incesante de un continente estático y vegetal que produce formas y mentalidades según la génesis del árbol.

Hay cierta ambivalencia “entre vegetalidad y devenir, entre forma y vida que se extiende hasta el antagonismo entre hombre y naturaleza, entre inteligencia y demonismo, con el agravante de que el hombre lleva todas las de perder” (Kusch, 2000, 28). Sin embargo, el hombre desea colocar un fondo fijo al devenir, en su habitual afán de copiar al paisaje. Reconoce que en el paisaje se borra todo rastro, pues la vida selvática y la rigidez de la llanura arrasan con toda detención y él termina siendo un objeto ajeno, al igual que el devenir de la naturaleza se detiene, fugaz pero persistentemente en el vegetal, como una idea vegetal feliz que siempre retorna, lo cual en el paisaje no es más que una modalidad, en el hombre termina siendo el principio.

Este principio, le da un sentido con el choque entre su creatividad humana y la de la naturaleza por penetración violenta de la una en la otra. Pero como la sujeción por la naturaleza no imposibilita al individuo a sentir su propia libertad, éste la coloco sobre ella, pero la naturaleza toma partido al crear en el mundo humano la idea de destino, que transforma todo lo que existe en una totalidad nominada que prevalece sobre la exuberancia individual, como la idea abrumadora de muerte.

El individuo desempeña entonces siempre el mismo papel del vegetal. La idea del destino es la versión humana de la vegetalidad, el primer intento de expresar su participación del demonismo vegetal del paisaje y la primera confesión, también, de que el vegetal se perpetua en toda forma de su existencia (Kusch, 2000, 29).

Su primer fracaso es representado en su conciencia de poderío, adquirido en la experiencia de ver que el mundo que crea     su inteligencia cuelga de los árboles. En donde el vegetal se tuerca en el mundo humano con el carácter de vegetal. “Es la primera forma que participa de la fijeza del espíritu, aunque no llegué a él” (Kusch, 2000, 29) el americano se mantiene en el demonismo, en la vegetalidad. En donde esa fijeza absoluta inmersa en la indeterminación del continente, deja al americano en el demonismo, aunque prefiera la rigidez espiritual. Posibilitando la construcción de una estructura más firme de formas y así entrar en pugna con esa idea de formalismo vegetal, que emerge de la tierra rodeada de demonismo, pero que al final terminará disponiéndose a la dimensión vegetal.

Demonismo vegetal y la frustración del mundo

Inicia Rodolfo Kusch afirmando en el apartado El mundo frustrado del libro La seducción de la barbarie, que el vegetal persiste en cada muestra o manifestación, la cual deviene de expresiones como las del Popol-Vuh, que organiza en su relato los símbolos, acciones y héroes –nefastos o no– que se mantienen dentro de la rigidez del vegetal; o incluso la de los templos de Chichén-Itzá, que en su geometrismo parecen dispuestos al criterio del paisaje, aunque se consideren como propiedad indiscutible de la conciencia civilizada: «A través de sus líneas geométricas destila cierta vegetalidad, cierta infinitud pensada en dimensión demoniaca» (Kusch, 2000: 30). ¿Cuál es la relación, entonces, entre el paisaje y el creador de templos? Pues bien, ambos utilizan la forma como defensa, ya sea un árbol o un templo, se busca contrarrestar la presencia de la selva:

Pero, como la serpiente que se muerde la cola, retorna con la forma hiératica a la infinita creatividad de la naturaleza y a su fijación demoniaca, el vegetal. Su mundo, creado a la defensiva, tiene los rasgos inconfundibles de aquel de quien se defiende. Ha tomado del paisaje, por una suerte de identificación masoquista e intelectual con el contendiente, la forma, que se despoja de su contenido vital, para quedarse con su geometrismo estilizado (Kusch, 2000: 30).

Al tomar conciencia de nuestra impotencia frente al paisaje, deviene entonces la frustración. Por ello expresa Kusch que el indio es un hombre frustrado, que en vez de confesar tal sentir, la geometriza inconscientemente: «deposita en sus obras una emotividad fallida, una astucia surgida por la necesidad de superar situaciones, sin poder vencerlas» (Kusch, 2000: 31). En cada detalle, en cada mueca demoniaca de sus figuras, se encuentra la inmersión en un ente cultural creado a priori que sobrepasa su imposibilidad para comprender al mundo, y que oculta su resentimiento y frustración. No obstante, el vegetal   tiene un proceso similar, pues expresa Kusch que en su deseo y frustración de medir el espacio que ocupa, se desahoga en líneas, planos, ramas y follajes, como una idea para medir, pero que no logra debido a su pasividad.

La diferencia, entonces, entre el paisaje y el primitivo resulta ser menor, pues difieren en el hecho de que la forma de perpetuarse en uno es más realista y en el otro más ingenua: «Mientras el árbol espera una muerte falsa y una certera transfiguración en otro humus, el hombre se anticipa a su muerte deteniendo la vida en la geometría en un templo» (Kusch, 2000: 31); el vegetal se perpetúa aun como posibilidad, participando positivamente del paisaje, mientras que el hombre participa de forma negativa, en cuanto se detiene ante el devenir porque así cree superarlo. Así, encontramos que la distancia entre el vegetal y el americano se presenta de igual manera que la integridad y la unicidad se separan de la ambivalencia y la escisión.

Y la primera forma de ambivalencia del autóctono está en que la geometría se adosa a la emoción, o sea al devenir, a la vida, pero sin compenetrarse. Falta la tercera dimensión que mantenga un puente entre geometría y emoción, que reduzca la geometría a un medio de medir la vida. Ese nexo, que en la Edad Media europea se manifestaba en la ojiva, en el Renacimiento en un infinito intelectual, la perspectiva, se da entre los mayas como un infinito emocional y mágico (Kusch, 2000: 32).

El hombre maya deifica las cosas ante la falta de un sentido inteligente del espacio; así mismo, la hostilidad de la naturaleza genera una distancia entre la emoción de la geometría, la moralidad y la fuerza vital de su cultura, con la penetración técnica de la naturaleza. Dicha distancia no es reconciliada, haciendo de los mayas, hombres devotos a la geometría y a los ritos antropofágicos: «la falta de conciencia de una integridad desemboca, de un lado, en un formalismo elemental, sin la dialéctica de una tercera dimensión y, del otro, en una moral que necesita de un corazón para concretar su contacto con la divinidad» (Kusch, 2000: 32). De aquí que la cultura autóctona no alcance la integridad, así lo evidencia también el dios Quetzalcóatl, pues quetzal simboliza la verdad espiritual a la que pretendía llegar la civilización maya, y cóatl hace referencia a la verdad la tierra, representada por la serpiente. Los mayas fracasan ante la falta de una dialéctica, pues expresa Kusch que la conciliación que encuentran no es efectiva, debido al grado de cosidad que mantienen: «atomiza su sentido de conciliación entre la tierra y la idea, y la sumerge en la ficción diurna: la geometría bidimensional y los ritos antropofágicos que sólo puede llevar a cabo en el terreno del objeto» (Kusch, 2000: 33). El antagonismo entre el cielo y la tierra que acontece en los mayas, atravesará después a la historia americana con la oposición entre paisaje y ciudad, sólo que en este caso dicho antagonismo ya no se daría por vía natural, como sucedió con el autóctono, sino que se da desde la visión de la ciudad, de la ficción.

Mientras la cultura autóctona mantenía su escisión entre la verdad del suelo y la verdad del espíritu en el demonismo –la prueba está en los ritos antropofágicos–, la cultura actual la mantiene en el formalismo europeo relegando al demonismo a segundo plano desde donde asuela a la ciudad […] Nos interesa solamente hacer ver aquí que en todo tiempo el americano no es víctima del vegetal, por un lado, y de la idea, por el otro, y que no concilia su escisión si no es haciéndose ambivalente o sea mentalmente mestizo (Kusch, 2000: 34).

El vegetal se encarga de tal mestizaje en el momento en que abarca y se perpetúa en las manifestaciones del hombre americano, la naturaleza puede compartirlo desde la forma y posesión de las cosas, en algunas obras escritas se evidencia el consentimiento de ésta para dar vida a los héroes, los cuales conllevan un porqué y un adónde de los americanos, quienes fueron engendrados por una diferenciación de masas echadas a rodar en el seno de la naturaleza: «El americano es así el fenómeno consciente de la naturaleza, su complemento en rebeldía. De ahí su ambivalencia» (Kusch, 2000: 34).

Referencia bibliográfica:

Kusch, R. (2000). La seducción de la barbarie. Obras completas: tomo I. Rosario, Argentina: Ross.

 

Proyecto de investigación 2016-2017

 

Problema de investigación:

Aunque en la lengua castellana, la palabra paisaje es tomada del francés paysage que etimológicamente se comprende como representación gráfica de un lugar (país) desde el punto de vista de un observador, y hoy día el paisaje se interpreta no sólo desde el arte (pintura), sino desde la fotografía, el cine, e inclusive la geografía y la cultura, podría preguntarse también por la esencia de éste, su realidad, el estar en que acaece su existencia más allá de lo meramente observado y captado por un sujeto que fija su mirada en él. El significante de la palabra «paisaje» inmediatamente lleva a imaginar un ambiente tranquilo, atractivo, donde la paz y el espíritu fijan su intimidad, es decir, nada mucho más allá del significado propio del término. Sin embargo, Rodolfo Kusch señala que por lo menos con el paisaje latinoamericano no ocurre lo mismo; todo lo contrario, pareciera ser que nuestro paisaje evoca una realidad más áspera, que se identifica con la barbarie (en contraposición a la civilización), y que culturalmente nos posibilita otra mirada no tanto al término como tal sino a la realidad que subyace y que se levanta desde él mismo. Nos preguntamos, entonces, por la esencia del paisaje, por su ser íntegro en el contexto cultural latinoamericano, y a la luz de esa comprensión novedosa que indica Kusch.
 

El semillero se limitará, sin embargo, a la obra filosófica de Rodolfo Kusch, sobre todo al horizonte que el pensador argentino nos presenta en La seducción de la barbarie, obra clave para la comprensión de un sentido de paisaje que va mucho más allá de la palabra, es decir, de su semántica, y se hunde más bien en una metafísica de la América profunda, a partir de la cual se buscará comprender su apuesta ontológica: ¿cuál es el carácter ontológico del paisaje en América Latina a la luz del horizonte de comprensión que propone Rodolfo Kusch?

Retornando al semillero


 
El SEmillero MEtafísica y ONtología: SEMEyON retorna a sus actividades académicas en este nuevo año de 2016. Nos reunimos los días domingos de 9:00 a 11:00 a.m. en la Biblioteca Luis Ángel Arango.

Hoy ha sido para nuestro reencuentro: saludamos nuevamente a nuestra Coordinadora, Mónica Chávez; a nuestra Secretaria, Andrea Torrijos; a los integrantes que continúan: Viviana Chicuazuque, Jadany Piedrahíta, Germán Martínez, Érik González; y a nuestro Director Juan Cepeda H.

Propósitos para 2016

 
Nos proponemos dar lectura a la primera obra de nuestro filósofo de cabecera, Rodolfo Kusch: La seducción de la barbarie, y aspiramos a presentarnos a la convocatoria FODEIN de la Universidad Santo Tomás, o de Colciencias, con un proyecto de investigación (para desarrollar en 2017).
 
Participaremos en el VIII Encuentro de Investigadores en Filosofía y Cultura de la Universidad Santo Tomás, a realizarse del 7 al 9 de abril en la Universidad Santo Tomás y cuyo tema central será: Nodos y nudos de la investigación filosófica humanística.

Universidad Santo Tomás

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