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Danilo Cruz Vélez

Bio-bibliografía

 

Danilo Cruz Vélez

Hablar de la vida de Danilo Cruz Vélez desde unos cuantos documentos parece opacar el sentido que ésta pudo tener, las pasiones que lo marcaron, sus luchas intelectuales, los caminos que en realidad tejió y que se nos muestran difíciles de develar sólo a partir del contacto con unos cuantos libros. No obstante, es menester procurar vincular los datos biográficos sobre los que él mismo nos habla tanto en las entrevistas que le hicieron como en sus propios escritos, y con ello adentrarnos en aquellos hechos de su vida que determinaron su camino como persona y como filósofo.

 

Lo primero que debemos advertir es que nace en Filadelfia, Caldas, en 1920, siendo el hijo de Joaquín Antonio Cruz y Elisa Vélez; muere en Bogotá en el año 2008. ¿En dónde se gesta este interés por la filosofía, por las letras?, ¿en dónde se da el ansia de aprender? Aunque la infancia y juventud de Cruz Vélez acontece en Riosucio, Popayán y Manizales, éste reconoce que al provenir de una familia cuyos intereses culturales o intelectuales eran casi nulos, dedicándose por el lado materno a la esfera de la ganadería, mientras que por el lado paterno existía una conexión con la minería, es en Popayán donde nuestro autor despertaría a la vida cultural, pues era una ciudad que se sentía orgullosa no sólo de su pasado histórico, sino que además poseía una figura literaria muy valiosa: Guillermo Valencia, desde ahí se arraigó a una actividad que está lejos del quehacer de su familia y de su región: «En el hombre hay una misteriosa predestinación originaria, es decir, una especie de fijación en un determinado camino de la vida, y esto es su vocación. Posiblemente en mí estaba latente esa predestinación. Pero fue en Popayán donde nació mi vocación literaria» (Cruz Vélez citado por Sierra Mejía, 2007: 54).

 

Aquella vocación se acentúa en Manizales, a donde se traslada en 1937, y culmina sus estudios secundarios en el Instituto Universitario de Manizales. Afortunadamente para el autor, esta ciudad se encontraba en su mejor etapa de la historia intelectual, una efervescencia literaria que se debía tanto a las publicaciones del diario La Patria, la Editorial Zapata que publicaba las obras de autores como Baldomero Sanín Cano, Fernando González Ochoa, León de Greiff, entre otros, así como las librerías que traían lo que se estaba publicando por aquellos tiempos, especialmente lo de España, Argentina y Chile. Sin embargo, Curz Vélez recalca la importancia que tuvo para su formación literaria: las publicaciones en los periódicos que realizaba don Baldomero Sanín Cano, pues él lo introdujo en las creaciones de Chesterton, Wells, Huxley, O’Neil. Manizales había terminado de fijar su vocación: «Fue un ambiente de muchas incitaciones, como no lo había tenido antes la ciudad y como no lo volvió a tener después» (Cruz Vélez citado por Sierra Mejía, 2007: 54). También por esa época, el autor se daba a la lectura de Thomas Mann con La montaña mágica o de Roman Rolland con Juan Cristóbal. Este apasionamiento inicial por la literatura marcó su formación filosófica, convencido, además, de que tanto el científico como el filósofo deben evitar alejarse de la literatura, pues ésta «mantiene una relación con el idioma vigente y con el lenguaje que se está haciendo. Los pensadores traen nuevas ideas, pero los que mantienen viva la lengua de todo escritor son los narradores y los poetas» (Cruz Vélez citado por Sierra Mejía, 1986: 13).

 

De ahí que nuestro autor comenzara a perfilarse como escritor, pues antes de los 20 años de edad ya publicaba en periódicos locales, en el diario “La Patria” de Manizales, hasta llegar a publicar en 1939 en “El Tiempo” un artículo sobre Jorge Luis Borges. A Bogotá llega para iniciar sus estudios en Derecho en la Universidad Nacional de Colombia; es cuando hace parte del grupo “Piedra y Cielo”, el cual refuerza todo este interés que había tenido por la literatura, sobre todo al conocer figuras como las de Eduardo Carranza, quien le enseñaría el poder transformador que tiene la poesía. Por otro lado, contaba con la ventaja de que para ese momento se presentaba un periodismo cultural en todas partes, en Europa, en España, en América Latina, se encuentra, por ejemplo, el periódico La Nación de Buenos Aires. Colombia no era la excepción, aquí también se daba un periodismo culto que informaba y orientaba tanto como el libro (Cruz Vélez citado en Sierra Mejía, 1986: 14).

 

La primera experiencia filosófica que tiene el autor se da con la lectura de El puesto del hombre en el cosmos de Max Scheler, pues es ahí cuando se enraíza en lo más profundo de su ser el problema de la esencia del hombre. También va a estar inicialmente seducido por las consideraciones de Nicolai Hartmann y va a admirar profundamente la labor de Ortega y Gasset al introducir la filosofía nueva europea en el mundo hispánico: «orientaba al lector, lo seducía para la filosofía y lo educaba filosóficamente» (Cruz Vélez citado en Sierra Mejía, 1986: 10). Viaja a Alemania hacia 1951 con el propósito de profundizar en sus estudios, pero sus referentes e influencias cambiarían, debido a que su mirada se va a dirigir al pensamiento de Martín Heidegger, quien ya había sido reintegrado a su cátedra en la Universidad de Friburgo y a la cual tuvo la oportunidad de acceder Cruz Vélez: «Yo conocía bastante bien la lengua alemana y pude seguir las lecciones. Pero en ese momento lo más importante para mí fue la experiencia de estar en un aula viviendo un momento importante para la filosofía del siglo XX. Fue una experiencia fundamental en mi vida» (Cruz Vélez citado por Sierra Mejía, 1986, 17). Pero no sólo se dedicaría al estudio del pensamiento de Heidegger, sino que –según lo comenta– también comienza a estudiar las obras inéditas de Husserl que publicaba el Archivo Husserl en Lovaina. Toda esta motivación filosófica se presenta, sin embargo, en un momento en que las circunstancias políticas culturales de Colombia, pero especialmente de Alemania, eran desalentadoras, pues en ésta había terminado la Segunda Guerra Mundial: «Alemania estaba destruida, totalmente destruida. No había comida, no había ropa, los estudiantes todavía andaban con botas de soldado […] Alemania estaba destruída, en la universidad los servicios sanitarios no servían, no había asientos, los estudiantes se sentaban a escuchar las lecciones en el suelo, pero en todas partes reinaba la seriedad y el rigor» (Cruz Vélez citado por Sierra Mejía, 1986: 19).

 

Después de siete años de estudio en Alemania, regresa a Colombia, en donde se incorpora como profesor a la Universidad de los Andes. Mientras que hacia 1960 acompaña a Karl Buchholz en la fundación de lo que posteriormente sería la revista colombiana de mayor prestigio en Latinoamérica: Eco. Pero no sería ésta la única revista en la que colaboraría nuestro autor, sino que participaría igualmente en la revista “Correo de los Andes” que dirigía Germán Arciniegas en Bogotá, así como en “La Nación” de Buenos Aires, en “Revista de las Indias”, “Ideas y Valores” y la “Revista latinoamericana de filosofía”. La colaboración en dichas revistas no fue gratuita, pues renunciaría a la cátedra que ejercía en la Universidad de los Andes para dedicarse, en 1972, a su trabajo de escritor, de ahí también la relevancia de su presencia en los órganos periodísticos, no sólo porque tenía más libertad para elegir los temas sobre los cuales quería escribir, sino porque acentuaba más el oficio del que se había enamorado y por el que había optado. Dentro de sus publicaciones se encuentra Nueva imagen del hombre y de la cultura (1948), Filosofía sin supuestos (1970), Aproximaciones a la filosofía (1977), De Hegel a Marcuse (1981), Nietzscheana (1982), La técnica y el humanismo (1983), El mito del rey filósofo: Platón, Marx y Heidegger (1989), Tabula rasa (1991), El misterio del lenguaje (1995). Además un volumen de conversaciones con Rubén Sierra-Mejía publicado bajo el título La época de la crisis (1996); y algunos ensayos y artículos publicados tanto en revistas como en periódicos.

 

Lady Viviana Chicuazuque Ávila

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Sierra Mejía, Rubén. (1986). Danilo Cruz Vélez: Un itinerario filosófico. De Hegel a Marcuse. Cuadernos de Filosofía Latinoamericana, 5-30.

 

 

Filosofía

 

Hacer evidente la influencia de Danilo Cruz Vélez en la cultura colombiana y en el desarrollo de su producción filosófica, implica adentrarse en su presencia dentro del proceso de normalización de la filosofía en Colombia, pues aunque para él Francisco Romero tendría que ver con la apertura del horizonte filosófico en este país, el momento en que la filosofía académica se convertiría en una función normal de nuestra cultura se da, específicamente, con la fundación del Instituto de Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia. Si bien, 1939 es el año en el que Danilo Cruz-Vélez ingresa a esta Universidad, siete años después es cuando se funda en ésta el Instituto de Filosofía y Letras dentro la Facultad de Derecho. El interés filosófico de Cruz aunque muy vago en un principio, es decir, cuando junto a su maestro Rogelio Escobar-Ángel conversaban en los pasillos del Instituto Universitario de Manizales acerca de dichos temas, pasó a convertirse en un problema fundamental para la vida del pensador. Rafael Carrillo, su gran amigo, y que para entonces lo consideraba como el filósofo por antonomasia de la nueva generación, fue el primer director del Departamento de filosofía; pero además, cerraban el círculo de pensadores Jaime Jaramillo-Uribe, Cayetano Betancur, Luis Eduardo Nieto Arteta, Jaime Vélez-Sáenz y Abel Naranjo-Villegas. Todos ellos reunidos y disertando acerca de temas filosóficos y poéticos, terminaron por concretizar la academia desde un nuevo paradigma, en otras palabras, las corrientes filosóficas modernas, que hasta ese momento eran opacadas por la tradición tomista, las articularon a las necesidades del contexto colombiano.

 

Dicho suceso no es el único en el cual haría presencia el filósofo colombiano, sino que su misma producción filosófica influenciaría definitivamente en el proceso de modernización en Colombia. Al respecto, él mismo comenta en una de sus entrevistas que dentro de la atmósfera intelectual en la que se encontraba, se empezaban a percibir los intentos de incorporación de la cultura moderna en nuestro país. Esto representaba un gran avance en cuanto que habíamos vivido tres siglos de la Colonia como prolongación de la tardía Edad Media, aun cuando entramos a la escena histórica a comienzos de la Edad Moderna: «Semejante anormalidad de nuestra historia fue un reflejo de la anómala historia cultural de España, que al iniciarse la Edad Moderna le dio la espalda al resto de Europa y se encerró detrás de los Pirineos» (Cruz Vélez citado en Sierra Mejía, 1985: 8). Con ello quedó indiferente a la nueva filosofía, ciencia y técnica que se estaba gestando y que iban a ser las fuerzas conformadoras de la modernidad. ¿En qué momento, entonces, España se empieza a percatar de lo que sucede en el resto de Europa y cuándo llegan las corrientes modernas a Colombia?

 

España despertó a la vida moderna a fines del siglo XIX y principios del XX, cuando se hizo un esfuerzo enorme para ponerla a la altura de los tiempos, como decía José Ortega y Gasset, uno de los protagonistas de esta empresa. Pero nosotros no acompañamos a los españoles en dicho momento histórico. Como a principios del siglo XIX nos habíamos emancipado de España no sólo política sino también culturalmente, para ir a parar bajo la influencia de Francia e Inglaterra, influencia que no fue lo suficientemente profunda para superar nuestro retraso, cuando se produjo dicho renacimiento no lo pudimos aprovechar en sus comienzos. Por eso, solo casi medio siglo después, cuando yo me iniciaba en la vida intelectual, comenzó a sentirse entre nosotros la saludable influencia de esa nueva España (Cruz Vélez citado en Sierra Mejía, 1985: 8).

 

Después de haber recibido en su tiempo el ansia de actualizarse intelectualmente, encontrar, además, que la prensa en Colombia estaba siendo demasiado propensa al pensamiento filosófico que se daba, incluso cuando fuera recepción de lo que se producía en España y Europa, le posibilitó a Cruz Vélez abrirse espacio para ser aquel que no sólo encarnaría cierto entusiasmo por la filosofía, sino que se dedicaría con seriedad y rigor –como lo aprendió de la cultura alemana– a apoyar ese proceso de normalidad de la filosofía en nuestro país y de recepción del pensamiento europeo en éste. La producción filosófica del autor da cuenta de ello, a partir de su primera obra Nueva imagen del hombre y de la cultura (1948) que, conforme a Rubén Sierra, fue el último de tres hitos literarios que marcaron decisivamente el inicio de la filosofía “moderna” en Colombia; Cruz Vélez inició una ardua y prolífera labor con su escritura, la cual dejaría materializado el aporte al pensamiento y a la cultura en nuestro país y más allá de él. Con su escritura promovió una especie de «ruptura con la tradición filosófica neo-tomista que imperaba hasta ese entonces en los claustros universitarios» (García Jaramillo, 2007, on line); sin embargo, no fue una cuestión que se quedara sólo en la academia, su repercusión en el resto de la sociedad implicaba, por ejemplo, que se viera favorecido por la revolución del gobierno de López-Pumarejo, con «cuyas reformas educativas se allanó el camino para la implementación de un tipo de filosofía más liberal y menos teológica, es decir, laica» (García Jaramillo, 2007, on line).

 

A este filósofo colombiano también se reconoce como un importante difusor de la fenomenología en Colombia, tomando en consideración los aportes que realizaron dos filósofos europeos como se puede evidenciar en su libro Filosofía sin supuestos. De Husserl a Heidegger publicado en 1970. Allí el autor alude a la doble pretensión que tiene la filosofía, en donde no sólo quiere ser un saber fundamental, sino que incluso también quiere ser un saber sin supuestos; así, este libro se va a centrar en ese segundo ideal de la filosofía a la luz, justamente, de Husserl y de Heidegger, el primero porque propone explícitamente la constitución de aquel ideal y el segundo porque llega a complementar la visión reducida que tenía Husserl al mirar desde una tendencia objetivista aquellos supuestos, mientras que Heidegger «lleva la crítica de los supuestos al campo del subjetivismo e intenta una superación de la metafísica de la subjetividad, ampliando así el campo de destrucción de los supuestos» (Cruz Vélez, 1970, 8).

 

Posteriormente el autor demostraría su interés en autores como Nietzsche, de ahí la escritura de artículos como Nihilismo e inmoralismo, publicado en la revista Eco en 1972. Allí encuentra al nihilismo como un fenómeno que ha ingresado en el discurrir filosófico, adquiriendo su fuerza especialmente con Nietzsche. El ensayo de Danilo Cruz Vélez tiene la pretensión de entablar un diálogo con dicho autor no sólo por el vínculo que mantuvo durante su vida con este fenómeno, sino también porque el nihilismo en sí mismo necesitaba ser aclarado. El campo desde el cual se dará lugar a este diálogo será el de la metafísica, pues el nihilismo en cuanto tiene que ver con la nada es uno de sus temas determinantes: «Es verdad que el tema central de la metafísica es el ser de las cosas, más desde sus comienzos griegos aparece en ella el ser íntimamente unido con la nada» (Cruz Vélez, 1985, 102). No hay una comprensión del ser sin el referente de la nada, y viceversa; estos dos guardan una relación equilibrada para el autor, no obstante el nihilismo se encargará de truncar ese equilibrio, desplazando al ser en la medida en que ya no se sabe lo que son las cosas.

 

Este acercamiento al nihilismo desde Nietzsche implica también incursionar en la moral, pues en este autor se presenta una especie de nexo entre metafísica y moral: «Ambas son dos direcciones de la misma tendencia de la vida a negarse a sí misma» (Cruz Vélez, 1985, 102). Sin embargo, el filósofo colombiano llama la atención sobre la diferencia que hace Nietzsche entre nihilismo teórico y nihilismo práctico, pues el primero surgirá de la pregunta por el ser de los entes, mientras que el segundo emerge de la pregunta por el deber ser. Al nihilismo teórico Nietzsche también lo caracterizará de inmoralismo entendido más –dice Cruz Vélez– como una ausencia de la moral vigente. De esta forma, en este ensayo el autor camina entre lo ontológico y lo moral sobre lo cual pensó y vivió Nietzsche.

 

Posteriormente, en 1989 se encargaría de realizar una exposición del pensamiento político de Platón con la publicación del libro en El mito del rey filósofo, en el cual tiene como eje principal el problema de la confusión de la filosofía con la política, siendo Platón el mayor referente, brindando, además, la figura del rey filósofo, la que será causante de aquella confusión; sin embargo, no se queda sólo en la fuente platónica, sino que el mito mismo ha tenido transformaciones relevantes en autores como Marx y como Heidegger. De esta forma, estos referentes le permitirán al autor encarar los intereses de cada uno, tomando en consideración que ambos apuntan a la misma realidad, pero desde un interés y una actitud distintos.

 

Lady Viviana Chicuazuque Ávila

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

 

Cruz Vélez, D. (1970). Filosofía sin supuestos. De Husserl a Heidegger. Buenos Aires: Sudamericana, 309 p.

Cruz Vélez, D. (1985). “Nihilismo e inmoralidad”, en: La filosofía en Colombia. Siglo XX. Bogotá: Procultura, p. 101-124.

García Jaramillo, L. (2007). Normalización filosófica y ética de la técnica. Recuperado el 1 de abril de 2015 en: http://www.revistaaleph.com.co/component/k2/item/160-normalizacion-filosofica-y-etica-de-la-tecnica.html

Sierra Mejía, Rubén. (1996). La época de la crisis. Conversaciones con Danilo Cruz Vélez. Cali, Colombia: Universidad del Valle.

 

Ontología

 

No se puede decir que el problema clásico de la filosofía, el problema por el ser, haya sido el interés filosófico principal de Danilo Cruz Vélez, pues en realidad sus reflexiones giraban en torno al problema de la esencia del hombre, al cual llegaría gracias a la lectura de El puesto del hombre en el cosmos de Max Scheler, y al que se dedicaría en Nueva imagen del hombre y la cultura (1948), en donde encuentra una crisis tanto en la antropología filosófica como la filosofía de la cultura, crisis que toma un nuevo sentido con los postulados del mismo Scheler y Ernst Cassirer; sin embargo, en ellos Cruz Vélez encuentra puntos frágiles que no permiten superar dicha crisis, de ahí la necesidad de hacer un trabajo crítico a partir de ellos para conquistar los fundamentos de las disciplinas que se ocupan del hombre y de la cultura, y en esa búsqueda de los fundamentos de estos dos, para Cruz Vélez va a ser indispensable tomar en cuenta la correlación hombre-cultura, lo cual no quiere decir que se elimine la autonomía ni de la antropología filosófica ni de la filosofía de la cultura, pero resulta manifiesto que se traspasarán estas dos disciplinas: «porque cuando andamos en busca de los fundamentos del hombre y la cultura, nos salimos de estas disciplinas y entramos en el campo de la metafísica» (Cruz Vélez, 1948: 106). Todo problema metafísico es aquel que toca el problema de los fundamentos y a partir de ella se abre la posibilidad –según el autor– de explicar la correlación entre el hombre y la cultura. Ahora bien, los últimos fundamentos para las cosas son lo inorgánico, el principio vital y el espíritu, esferas de las cuales va a participar el hombre:

 

Pues así como la vida pone lo inorgánico a su servicio, para crear lo vivo, así el espíritu pone la vida a su servicio, para crear al hombre. Así pues, el hombre es también el escenario de la lucha de dos principios metafísicos enfrentados. La historia personal de cualquier hombre y la historia universal son la historia de esta lucha (Cruz Vélez, 1948: 114).

 

El hombre termina obrando conforme al espíritu, el cual va a ser entendido por el autor como «el reino de las esencias ideales y valiosas» (Cruz Vélez, 1948: 115). No se trata de que el espíritu esté en el hombre, sino que más bien lo dirige en unión con el principio vital que actúa en él. De la unión del espíritu con lo vital deviene el hombre, y con él: la cultura. No quiere decir eso que la cultura sea después del hombre a modo de producto, sino que debido a que los actos del hombre están movidos por el espíritu y encaminados a la realización de éste, esos actos espirituales “cuajan”, se objetivan de tal forma que constituyen la cultura:

 

Cuando un viviente realiza actos jurídicos, morales, técnicos, religiosos, teóricos, etc., aun cuando sea en la forma elementalísima del hombre prehistórico, comenzando así a ser hombre, estos actos no agotan su ser en ser puros actos, sino que inmediatamente se objetivan, dando origen a las formas culturales del derecho, la moral, la técnica, la ciencia, etc. (Cruz Vélez, 1948: 117).

 

A partir de esto, el autor centra la explicación sobre los fundamentos del hombre y la cultura y su consiguiente correlación. Ambos surgen en el mismo acto, en cuanto el hombre está atravesado por un centro espiritual de actos que desembocan necesariamente en lo cultural. No obstante, ¿será posible traspasar del problema de los fundamentos de lo orgánico, del hombre, de la cultura y preguntar por el fundamento de los fundamentos? Para Cruz Vélez resulta una imposibilidad porque el hombre es algo fundando que sólo se explica por la existencia de los principios, «y algo fundado no puede entrar a preguntar por el fundamento de aquello que lo fundamenta» (Cruz Vélez, 1948: 119), es decir, la comprensión del fundamento de los fundamentos o de lo que sería el ser, resulta inaccesible para el pensamiento finito.

 

El problema de la esencia del hombre y el origen de la cultura no son los únicos problemas abordados por el autor, también dedicó sus reflexiones al problema de la esencia de la filosofía, pues le interesaba saber cuál es el tema que ésta persigue, cuál es su modo de trabajar y cómo se desarrolla en relación con los otros tipos de saber. No obstante, ¿la filosofía tiene un horizonte determinado? Para el autor la filosofía no puede estar segura de su horizonte gracias a su historicidad: «el horizonte va cambiando, porque el proceso histórico de la concepción del ser de las cosas cambia debido a la esencial historicidad del hombre» (Cruz Vélez citado en Sierra Mejía 1986: 21). De ahí también el porvenir de la filosofía, pues en cuanto está inmersa en el acontecer histórico se encuentra expuesta a nuevos caminos que le posibilitan llegar a la comprensión de determinadas concepciones de ser de las cosas. De igual manera, la filosofía pertenece a la esencia misma del hombre, y en cuanto éste tiene la capacidad de expresar el ser de las cosas, la filosofía se debe ocupar de la captación conceptual de las concepciones del ser de las cosas que genera el hombre.

 

Lady Viviana Chicuazuque Ávila

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

 

Cruz Vélez, D. (1948). Nueva imagen del hombre y de la cultura. Bogotá, Colombia: Universidad Nacional de Colombia.

Sierra Mejía, Rubén. (1986). Danilo Cruz Vélez: Un itinerario filosófico. De Hegel a Marcuse. Cuadernos de Filosofía Latinoamericana, 5-30.

 

 

 

 

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